Han sido muchos los reencuentros que he vivido este año. Muchos. Demasiados quizá. No hay fantasma del pasado que no haya reaparecido —o incluso resucitado— a lo largo del último año. Y, sin embargo, ninguno de ellos ha sido tan impactante como reencontrarme con mi propio yo del pasado. Perdón.
Ay el ego, ay.
Nada como volver a sentir esas —ESAS— inseguridades. Nada como repetir esos —ESOS— mismos comportamientos y errores. Nada como volver a perderme en tu mirada. Todavía. Todavía incluso después de repetirme infinitamente que jamás volvería a hacerlo. Pero qué culpa tendré yo de que tan solo en tu mirada sienta ese ego insaciable reflejado. Qué culpa tendré yo de que tan solo en tus contradicciones me vea a mí mismo comprendido, abrazado. Qué pena haber dejado de sentirme un titán justo en aquel momento, aquel día. Qué pena que volver a sentirme así pasé por evitar ahora tu mirada. Tú, mi imagen al otro lado del espejo. Tú, el titán que quiere habitar mi ego. Pero no se atreve.
Extracto de “La cuarta piedra. Y el primer beso.” Disponible próximamente.

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