Recuerdos de Río de Janeiro. XX

Avatar de jaitzul

Concluir que la única verdad del mundo son los besos –amar– es fácil. Actuar acorde y pretender que el mundo responda en consecuencia es completamente naive. Infantil. Una niñatada.

No sé cuántas horas llevo en este avión. Las luces están bajas y la gran mayoría de los presentes duermen. El vino y el café pelean en mi cuerpo para decidir qué hacer con mi mente. Como aquel día. No creo que consiga dormir. Como aquel día. «Pienso en tu mirá» de Rosalía taladra mis oídos. Y no puede ser más acorde. Pensaba que sí, pero soy incapaz de olvidar tu mirada. Quizá porque nunca nadie me había mirado así antes. O quizá por el dolor que supone no haber tenido la valentía de enfrentarla. Duele por lo que escondía, pero aún más por lo que no podía esconder. Si algo duele más que una mirada equivocada, es una primera mirada que se queda sin corresponder. Por miedo, por vergüenza, por qué-sé-yo, porque sí. La rabia y los nervios invaden tanto mi cuerpo que casi hago trizas el boli con el que escribo esto. Parecía que ganaba la embriaguez del vino, pero el café se ha hecho paso. Sueño despierto e imagino, de nuevo, que esa mirada cumple esta vez su cometido. Un bebé llora –siempre llora un bebé en un avión– y me mira desconsolado, como lo hacías tú aquel día. Desconsolado y desesperado.

Perdón.

Monto en el Uber camino al aeropuerto, corriendo, sin tiempo apenas para despedirme bien de Thi. El conductor escucha la radio y canta una canción super alegre y yo miro por la ventana y pienso: ¿ha ocurrido algo de lo que he vivido estos quince días o simplemente ha sido todo un sueño? «No, no, ha sido real.» me repito en mi mente.

Y tan real. No diré que el viaje me ha cambiado la vida o que soy un nuevo yo tras este viaje porque me da hasta repelús pensar algo así. Lo mágico de este viaje no va de eso. Lo mágico va de la tranquilidad. Antes de viajar a Río todo el mundo me relacionaba, consciente o inconscientemente, por envidia o por preocupación, por rabia o por amor, el viaje con inseguridad e intranquilidad. Ten cuidado. Cuídate. No hagas esto. No hagas lo otro. Irónicamente, es posiblemente el viaje en el que más tranquilo me he sentido nunca. Más en paz. Más seguro. Tal vez se deba a que mi único miedo, mi único miedo real en esta vida, es que esta llegue a su final mientras no la estoy viviendo. Y sí, en Río hay inseguridad, en Río hay pobreza y lugares insalubres. Pero también te hace sentir permanentemente vivo. Y allí donde uno se siente vivo es impensable el miedo a la muerte.

Me encuentro de vuelta de nuevo en este eterno avión. Y, justo cuando más tranquilo me estaba sintiendo, el avión pasa por una zona de turbulencias y cae unos metros hacia abajo. Durante ese breve —pero inmensamente largo— tiempo se genera el caos. Otro bebé llora aún más fuerte que el mencionado antes. Rezo, no sé ni a quién porque hace tiempo que no creo en nada, mientras me vienen a la mente todos esos besos que sí se dieron. Sonrío calmado y confiado al bebé que me mira en busca de salvación. En ese momento, el avión deja de caer y sigue tranquilo su rumbo. Y así lo hace también el bebé. Y así lo hago también yo.


Deja un comentario