Durante mi estancia en Galway, aquel lugar en el que traté de provocar mi propio Big Bang, escribí un montón de textos y reflexiones sobre mi pasado. Como si temiera que este desapareciera tras el Big Bang. Al volver a casa, di forma a esos textos bajo el título “Una historia sobre el vacío. Y música. Y física. Y amor. Y piedras.”. Inevitablemente, no tardé mucho tiempo en darme cuenta de que aquel texto, efectivamente, pertenecía ya a un mundo que no era el mio. Lo cual parecía un éxito.
Cinco años más tarde, en ese nuevo mundo generado tras el Big Bang, observando el mar desde Gorrondatxe -tras haber sido empujado desde el acantilado en caída libre hacia las rocas- comprendí que el nuevo mundo no era más que el viejo desordenado y reordenado con una nueva apariencia. Lo vivido, mucho me temo, comprendí en aquel momento que no había sido un Big Bang, si no un Big Crunch. Y ahí es cuando entendí que todo aquello que había escrito hasta entonces sí seguía siendo parte de mi historia, aunque fuera de otra historia. Y de ahí “Una historia sobre el vacío. Y el mar. Y la física. Y el amor. Y las piedras.”.
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La teoría del Big Crunch es la teoría sobre el universo que dicta que este cumple un ciclo de expansión y contracción. Es decir, que, según esta teoría, la existencia del universo es cíclica. El universo se expande desde un punto, alcanza un máximo de expansión, y comienza a contraerse, de nuevo, hasta un sólo punto extremo de densidad infinita que da lugar a lo que entendemos como Big Bang -e interpretamos como origen del universo-, provocando así de nuevo su expansión. De manera cíclica e insaciable. De manera imparable. Si tomamos esto como cierto, cada nuevo universo no es más que el anterior reordenándose de nuevo. De hecho, no habría un punto de inicio del universo, tan sólo puntos de reinicio de su historia. Creer en el Big Crunch es creer en la eternidad del universo sin que eso le impida redefinirse tantas veces como necesite.
Aceptar el Big Crunch como forma de entender el mundo es otorgarle el poder de ser eterno como conjunto y relegar a todo cuanto contiene a ser increíblemente efímero. Relegarnos a todo cuanto formamos parte de la existencia a no ser nada relevante, a no ser nada más que el caos que contiene el vacío. Aceptar el Big Crunch como forma de entender el mundo, es matar nuestro futuro, es volverlo irrelevante. Volver nuestra existencia un momento insignificante dentro de un bucle infinito en el que somos tan solo una configuración posible más de la existencia. Inaceptable. Es matar nuestro futuro a costa de eternizar el suyo -el del mundo-.
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“Si hubiera nacido en la época de construcción del Stonehenge, estaría moviendo piedras para honrar la existencia de quienes ya no pueden disfrutarla. Estaría moviendo piedras para hacer que esa existencia fuera eterna mediante el recuerdo.
El ser humano, en realidad, no ha cambiado mucho desde entonces. Ya no mueve esas piedras físicamente -aunque los muertos todavía hoy suelen ser recordados habitualmente con símbolos tallados en piedra-, pero toda persona mantiene la misma necesidad que impulsaba a aquellos hombres a trasladar esas gigantes piedras: la necesidad de que los caídos perduren en el tiempo, la necesidad de honrar la existencia, la necesidad de evitar el vacío.”
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